martes, 4 de octubre de 2011

Mirar...


Nada más...
Solo ver pasar el tiempo ante tus ojos, dejar que las cosas pasen solo porque sí.
El niño sentado en el piso, la mujer frente a mí hablando por teléfono, la otra que sentada con el entrecejo fruncido lee concentrada un libro que está pronta a terminar, y por cierto el joven con una caja cuya vitrina permite entrever una roja rosa tal vez para su enamorada.
¿Estoy aquí realmente? El roce del zapato de una dama me quita mi omnipresencia, recordándome que soy uno más entre ellos.
Olvidarse de esto, de aquello, del que pasaría si, y si no, resolver que simplemente pasaría todo a mi alrededor sin buscar el error, siquiera la virtud. Mirar sin observar; o tal vez observar sin pensar, solo observar.
Pasan luces a mi lado y emerjo de la tierra elevándome sobre los edificios, parando de vez en cuando para permitir un respiro, la entrada de más personajes y la salida de otros.
Un instante de tiempo, no necesariamente coherente, pero ¿quién dice que debiera serlo? simplemente pasa, aunque tal vez en la película que acostumbras ver se consideraría los veinte segundos en que el personaje vuelve a casa. Un mundo en que convergen tantas historias y realidades que lo único que queda es ser espectador.
Simplemente un espectador, no cuesta mucho una vez que lo logras, olvidarte de las responsabilidades por 30 segundos para notar que el mundo gira a pesar tuyo.
El ¿por qué? ya no importa, el ¿cómo? Y el ¿cuándo? son irrelevantes y la lógica deja de serlo, y lo ilógico toma sentido. Aquellas cosas confusas de pronto son sencillas, y las sencillas toman importancia.
De pronto te encuentras con tu reflejo, y no reconoces a aquel que te devuelve la mirada. Parece distraído, incoherente, inexpresivo, desconectado, desarreglado...

Tranquilo.

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