Imaginen una pista de baile.
Te armas de valor y la invitas tímidamente a bailar, y entre risas de sus amigas, una ruborizada expresión asiente con la cabeza, y con los ojos fijos en sus zapatos. Le tomas la mano y la llevas al centro de la pista, tu mano en su cadera, la suya en tu hombro; torpemente empiezas a moverte emulando los pasos practicados con esa fiel amiga, que entre bromas soportó los pisotones y tropiezos.
Con ella en tus brazos, apretados tan cerca tuyo que puedes sentir sus latidos y su respiración. Un sentimiento te invade y quisieras que el tiempo se detuviera; y poder estar ahí por el resto de tu vida. El foco principal los ilumina y a pesar que la pista está llena, pareciera que están solos.
La miras abrazándote, tiene sus ojos cerrados, se ve hermosa con ese vestido, y su iluminada y tierna cara denota infinita satisfacción. Lentamente el paso ya no es mecánico, es suave y va y ven que ella sigue sin oposición.
Tanto te invade la canción, que no notas que ha terminado y que el tiempo no se ha detenido, ella abre sus ojos y aún ruborizada se para en puntillas y te da un suave beso junto a tu boca y corre se va hacia sus amigas que, nuevamente entre risas, la reciben y esperan explicaciones dejándote solo en la pista de baile, y ya extrañándola.
Mañana será otro día, mañana iré a verla en mi motoneta, la miraré a los ojos y le diré que la amo.
La verdad lo anterior no es un escrito muy original, nada del otro mundo. Pero la verdad díganme... ¿Hace cuántas décadas no sucede esto en una pista?, ¿Quién ha tenido una noche mágica como ésta?
¡Que vuelvan los lentos!.
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