Uff… veo salir las palabras de la boca del profesor, pero no logro comprender que es lo que dice. Intenta explicar en un lenguaje extraño como operar un problema matemático de “no sé qué” que se usa “no sé cuándo”, para obtener un “qué se yo”… ufff
El viejo reloj de pared, ubicado sobre el antiguo pizarrón de tiza, indica que faltan 20 minutos para terminar la hora de clases, y el lapidario segundero avanza más lento de lo que me gustaría.
Intento acomodar mi trasero en el viejo asiento confeccionado con una tabla dura y plana, cuyo respaldo es el pupitre de mi compañero de atrás, pero al estar anclado al piso es difícil encontrar una posición adecuada.
Algunos de mis compañeros toman raudos apuntes de la materia, sacudiendo las manos de vez en cuando para evitar los calambres, otros se envían mensajes lanzando papeles de lado a lado de la sala, entre murmullos casi imperceptibles, pero lo suficiente para evitar el desgastado oído del profesor.
De pronto, de su boca deja de salir voz, y se convierte en un rugido que asusta a mis compañero y los hace huir por la puerta que se cierra a la vez que las sala se convierte en una fría y húmeda cueva, cuyas mohosas murallas se cierran sobre mí. Los ojos del profesor se ponen rojos, uno de ellos desaparece dejando espacio para que el otro se ubique en medio de la cara mientras su piel se pone verde de furia y se pierde entre arrugas y verrugas de aspecto desagradable.
Frio de miedo, no atino a nada, cada vez que da un paso más hacia mí, se hace más grande, intento gritar pero de mi garganta solo sale un callado chillido, poco a poco se intensifica un murmullo que comienza como una leve risa, hasta una carcajada burlona generalizada me inmoviliza. El mounstrosor levanta su pesado maso de madera muy alto, y lentamente lo deja caer sobre mí, ya es tarde, no puedo hacer mucho más que cerrar los ojos y…………….. ¡PAF!
Una densa polvareda se levanta a mi alrededor, un regordete borrador cae a mis pies levantando aún más polvo, mi pelo y cara quedan cubiertos con tiza incluyendo la densa cascada de saliva que caía desde mi desfigurada boca al tiempo que mis compañeros hacían todo lo posible para no caer de sus asientos, apretándose el estómago por la risa. El profesor indica la puerta de la sala, señalando que ahora tengo un motivo más para ir a refrescarme la cara, sumando además mi suspensión del resto de la clase.
Arg……. ¿por qué a mi?...
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